A las madres les gustan las perlas

Pero las madres de hoy no son las de antes, y las perlas tampoco.

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Victoria Marrero

Las perlas provienen del mar, del interior de unos moluscos, especialmente de las ostras, tras una interesante mezcla entre el carbonato cálcico y una proteína llamada conchiolina. Y de ahí el nácar que capa a capa y durante al menos 10 años, dan lugar a esas preciosas esferas, que adquieren mayor o menor valor en función de su forma, su simetría, la singularidad de su color, o su talla.

Su popularidad viene de más allá de los fenicios, y si bien en el mundo antiguo eran un bien muy preciado y sólo permitido a personas acaudaladas, en nuestros días su cultivo las ha ido poniendo al alcance de todos, salvando las perlas australianas o las de Tahití, con precios no aptos para todos los bolsillos.

Así que son un clásico que hoy las podemos ver de todas las formas y maneras, sólo que si antes su uso estaba ligado a formas y diseños estándares, ahora y sometidas a las tendencias, sus dimensiones y composiciones son de una riqueza ilimitada.

Quizás por eso no hay joyero de madre que no tenga unas perlas. Da igual en pendientes, que en anillos, en collares o decorando un broche, porque llevarlas es sinónimo de elegancia y por eso es el complemento perfecto, con el que nunca fallas.

Nos gustan las originales, las de verdad, aunque nos han llamado mucho la atención las sobredimensionadas del último desfile de Chanel y por eso también les hemos hecho un hueco.

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